Por el P. Angel (Yorkie) De Leon
Hoy celebramos el Primer Domingo de Cuaresma. La Liturgia nos presenta a Jesucristo que entra al desierto. Entra al desierto con la ayuda del Espíritu Santo, lo guía, lo llena.
Jesús es tentado por el demonio. El demonio lo tienta con las mismas tentaciones que ha tentado a toda la humanidad. Toda la humanidad ha caído en estas tentaciones: la tentación del pan o la seguridad (los afectos), con la tentación de la historia y el ser (falsa hermenéutica de la historia), y con la tentación de los ídolos (alteridad).
Parecen sencillas estas tentaciones pero no es así. Podemos hacer un recorrido por la historia y vemos como los hombres hemos caído todos.
Mirando la revelación podemos ver que el hombre han caído en la tentación del pan cuando comió seducido por la serpiente. Lo mismo Abrahán por salvar la vida entregó a su mujer a Abimélec y al Faraón. Igualmente Esaú por algo efímero vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Finalmente Israel prefirió las ollas de ajos y cebollas seguras de Egipto por la promesa incierta qué Dios les prometía por mediación de Moisés.
En ese mismo orden podemos ver la tentación de la historia. Cuando, en el Paraíso, la serpiente tienta al hombre con cambiar su ontología. Les invita a experimentar el ser como Dios. Por el camino que Dios te está llevando no vas a ser más que criatura de Dios. Se Dios y lleva la rienda de la historia, hazte el arquitecto de ti mismo, cultiva tu ser: Piensa, luego sabrás lo que es existir (Cogito ergo sum). Así mismo Abrahán, escucho a Sara y tuvo un hijo con Agar, la egipcia; cambió la historia, ahí están los árabes. Lo mismo Israel, no entendía los planes de Dios y lo que iba a ser 40 días se convirtió en 40 años.
Seguidamente vemos la tentación de los ídolos. Adán y Eva querían tener la ciencia del bien y del mal y se le llenaron los ojos. Los mismo Abrahán llegó un momento que puso a Isaac en el centro, en el lugar de Dios, y tuvo que hacer el sacrificio de su hijo en la que fue sustituido por un carnero enredado en las zarzas. Moisés vivió sometido a los dioses de Egipto y por su mano vio como cada plaga, que era un ídolo de Egipto, fue cayendo. Pongo como ejemplo el Nilo, es un Dios, porque sin el Nilo no se podría vivir en Egipto. También Israel en el desierto levantó un becerro de oro en el desierto, que es símbolo de la fertilidad y la fecundidad.
Ahora vemos a Cristo, el Cordero de Dios, el verdadero Yom Kippur, que va a vencer al demonio del desierto, a Asasel, y surge victorioso. Por eso vemos al profeta que pregunta: «¿Quién es ése que viene de Edom, de Bosrá, con ropaje teñido de rojo? ¿Ese del vestido esplendoroso, y de andar tan esforzado?» (Is 63,1a). Responde Jesús: «Soy yo que hablo con justicia, un gran libertador» (Is 631b). Vuelve y pregunta el profeta: «Y ¿por qué está de rojo tu vestido, y tu ropaje como el de un lagarero?» (Is 63,2). Vuelve a responder: «El lagar he pisado yo solo; de mi pueblo no hubo nadie conmigo. Los pisé con ira, los pateé con furia, y salpicó su sangre mis vestidos, y toda mi vestimenta he manchado» (Is 63,3). Este que viene de Edom, que ha pisado el lagar, es el que ha vencido al tentador y ha preparado la Pascua.
Ahora hace falta que te metas en este acontecimiento y veamos en estas tentaciones nuestras tentaciones. Que estas tentaciones han sido vencidas en nosotros por Cristo. Este evangelio es una buena noticia. Yo cincidero que este domingo es el prólogo de la Cuaresma que muestra lo que Dios va a hacer por Cristo en nosotros. Por eso veamos a éste que surge del desierto y con él, a la amada, que es la Iglesia, apoyada en él, que es su amado. Apoyéminos en el en dentro de la Iglesia para que veamos su sangre en nuestras jambas. Este que está rojo por haber vencido en Getsemaní y en el Gólgota.




