En el Martes Santo, el Evangelio nos lleva al momento en que Jesús, durante la última cena, anuncia que será traicionado por uno de los suyos. Un anuncio doloroso, que revela la fragilidad humana, incluso entre sus discÃpulos más cercanos.
La figura de Judas se vuelve protagonista, pero también Pedro es confrontado. Ambos fallan, pero sus respuestas son distintas: uno se desespera, el otro se arrepiente.
Este dÃa nos invita a mirar nuestras propias decisiones, nuestros actos de lealtad… y también nuestras traiciones. Porque todos, en algún momento, podemos ser como Judas o como Pedro.
👉 Hoy, el Señor nos llama a mirarnos con sinceridad, sin miedo, y a elegir la fidelidad como camino de amor. ¿Qué decisiones estás tomando en tu camino de fe? ¿A quién estás siguiendo realmente?

MARTES SANTO.-
EL SIERVO DE YAHVÉ EN SU ASPECTO REAL.
Hoy seguimos con otro aspecto del Siervo de Yahvé. Hoy vemos este siervo como rey. Todos los reyes tienen su reino (Basilea) y su reinado. Lo que todo rey quiere mostrar en su reino es su poder y la capacidad de gobernar. Todo eso se ve en sus edificaciones, en las leyes y en sus ejércitos.
La primera lectura presenta el segundo cántico del Siervo de Yahvé y el profeta dice: «Lo verán lo reyes y se pondrán en pie, prÃncipes se postrarán por respeto a Yahveh, que es leal, al Santo de Israel, que te ha elegido» (49,7). Este Siervo ha dicho esto: «¡OÃdme, islas, atended, pueblos lejanos! Yahveh desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre. Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hÃzome como saeta aguda, en su carcaj me guardó» (Is 49,1-2). ¿Cómo se hace esto? Los reyes para ensanchar sus teritorios tienen que imponerse. Eso lo podemos ver en todas las épocas. Pero este Reino crece con el Siervo de Yahvé. Este, que es Rey, usa un método muy distinto. Su disciplina es esta: «Habéis oÃdo que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda. Habéis oÃdo que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,38-45. El que puede hacer esto, puede ser rey. Para poder gobernar hay que primero tener dominio de sÃ.
Ahora, nosotros que somos ungidos, participamos de estas realidades propias del Siervo de Yahvé. Nosotros debemos conocer cómo y qué enseña Jesús como Siervo de Dios. Mirando esto de no seguir la Ley del Talión este varón de dolores dice: «Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado» (Is 49,4). Dios lo confirma con esta palabra: «Tú eres mi siervo, en quien me gloriaré» (Is 49,2). Pero no se queda aquà todo, sigue más: «Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is 49,6). Esto no se queda en los lÃmites de Israel. Esto abarca no sólo un territorio, eso no abarca una época. Ese Reino se ha extendido por todo el mundo y ha abarcado épocas amplÃsimas.
Por eso vamos a ver como lo hace. Miremos el Evangelio. Estando a la mesa les advierte algo. Hay tres palabras de Jesús. La primera es: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (Jn 13,21b). La segunda es esta: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado» (v. 26). Jesús dijo estas palabras turbado.
Recuerden que aquà Jesús no se turba por la traición. No se turba porque le duele la traición sino porque ve, en la libertad dada, que Judas y los Apóstoles, se pueden condenar (cfr. Os 1,1-11). El pecado tiene consecuencias y la turbación viene por el riesgo que implica la libertad dada. La tercera es: «Lo que tienes que hacer hazlo en seguida» (v. 28).
Entonces Jesús exclama: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sà mismo: pronto lo glorificará. Hijos mÃos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judÃos os lo digo ahora a vosotros: Donde yo voy, vosotros no podéis ir» (v. 32). Ante la confusión y el ver ahà de la forma en que será glorificado el Hijo del hombre deja también una confusión. Pero no la hay. El que queda confundido es el prÃncipe de las tinieblas. Va a hacer glorificado el Hijo de Dios. Jesús es un innovador. Se sirve de las torpezas de los pobres para establecer su reino. Asà se manifiesta su gloria.
¿De que manera va a hacer glorificado el hijo de Dios? El León de la tribu de Judá será el Cordero de Dios? Una cosa que no soporta Satanás es la humildad. El humilde Cordero de la humilde Cordera ganará no resistiéndose al mal (Mt 5,38). En el comentario que hace San Juan Crisóstomo al Evangelio de San Mateo vemos como dice San Juan Crisóstomo que el demonio tiene un plan y si le resistes a no entrar en la injusticia se manifiesta y se hace más grande su poder. Sin embargo, si se es manso el demonio pierde su reino. El reino se fundamenta en la ceguera de la venganza. Asà como la unción de Betania tiene que ver con la mujer samaritana asà este martes tiene que ver con el ciego de nacimiento. En que reino me ubico. ¿Estoy en el reino del prÃncipe de las tinieblas o en el reino del prÃncipe de la luz?
Todos los dÃas nos visita el demonio a querer ser Dios, a ser rey. Cristo hace todo lo contrario, nos invita a su reino. Su reino es un reino de amor donde todos se consideran inferiores a sus hermanos. Se ponen al servicio de los hermanos. Esto no es una utopÃa. Ahà tenemos a San Francisco, a San Maximiliano Kolbe, a Santa Teresa de Calcuta, Santa Teresa Jornet, entre otros.
Cristo es el Cordero degollado. Este es el único que ha comprado con su sangre para Dios hombres de toda raza, pueblo y nación y ha hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra (cfr. Ap 5,10-14). Este reino transformó el Imperio Romano con su humildad. Cuanta sangre derramada y esa sangre de cristianos hizo que el Imperio pasara a ser cristiano.
Por eso, los reyes, al verlo, se ponen en pie y los prÃncipes de la tierra se inclinan. De esta forma es glorificado el Hijo de Dios y el prÃncipe de este mundo es echado fuera.
Hermanos, entremos en este reino, salgamos del reino de las pasiones de la carne y vivamos en las obras del EspÃritu. Repoduzcamos la imagen de Jesús, Rey PacientÃsimo. Que nosotros vivamos bajo la potestad de este que es la luz que ilumina hasta el confÃn de la tierra. Que, este reino qué es eterno, podamos disfrutarlo por los siglos de los siglos. Amén. (Escrito P. Angel Yorkie de Leon)



